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Los hombres también necesitan un abrazo

En los márgenes del día de la mujer se escuchan voces, tímidas, preguntándose: “¿Para cuándo un día del hombre?”. Los activistas a favor de los derechos de los hombres (no como humanidad sino como género) son a menudo acompañados por las risas burlonas que se escuchan a su paso. Reivindicar los derechos del hombre, la igualdad del hombre, ante los recién estrenados derechos de la mujer suena todavía, cuando menos, reaccionario.

 

Reciben aplausos los hombres que hacen suyos comportamientos hasta ahora típicamente femeninos: los hombres que escuchan, los hombres que limpian, los hombres que cuidan de los suyos, los hombres que escogen quedarse en la retaguardia mientras sus mujeres acumulan victorias.

 

Todo de a dos

Muchos hombres se sienten solos, descolocados, confusos. Muchos hombres necesitan un abrazo. Según el pensador Anselm Jappe, autor de La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción (ahí lo dejo): “Ningún problema actual requiere una solución técnica. Se trata siempre de problemas sociales”. Y la necesidad de afecto del Hombre Nuevo ¿qué es sino un problema social? Según el Club de Hombres que Gustan de Acurrucarse (Cuddling Men, una fiesta de abrazos para hombres) de la ciudad de Nueva York: “Todos necesitamos del contacto humano” aunque en las modernas e individualistas sociedades “satisfacer esta necesidad se haya vuelto algo tabú, una muestra de debilidad, especialmente entre los hombres”.

 

¿Te unes al club?

Los clubes de “Hombres que gustan de Acurrucarse” son un fenómeno relativamente nuevo y cada vez más popular en el que hombres de toda clase y condición se reúnen en un entorno seguro para darse afecto físico, completamente vestidos, unos a otros. Un lugar donde se permiten “amar y sentirse amados” de forma desinteresada y ni sexual, ni erótica.

 

Como cualquier secta religiosa que brota en un ambiente que se siente opresivo, la expansión de este movimiento ha sido, de momento, tímida. Reuniones en hogares privados, pequeños teatros o cafeterías donde sentarse a apapacharse los unos a los otros y a hablar despreocupadamente de cualquier cosa que se lleva en la cabeza sin miedo a ser juzgados. Todos han acudido allí, después de todo, a conjurar lo mismo. Antes de seguir y de que se lleven las manos a la cabeza ante semejante aberración quiero hacerles una confesión (porque me apetece y porque los artículos siempre mejoran si esconden en su más adentro una confesión). Así que ahí va: Yo he pagado para que otro hombre me abrace.

 

Los clubes de apapachamiento tienen razón porque todos los seres humanos, también los hombres, necesitan el contacto físico. 

 

En el particularmente cruel experimento de Harry Harlow conocido también como “La Ciencia del Afecto” se descubrió que los bebés de mono necesitaban del afecto tanto como del sustento y, entre una madre hecha de agradable trapo (pero sin alimentos) y una madre de frío alambre (pero pechos repletos de leche) los cachorros escogen a la madre agradable, que saciaba su afecto pero no su hambre.

 

Preferían chuparse el dedo junto a una madre “afectuosa” que beber de la teta de una madre metálica: “Cuando se les presentaba un juguete en movimiento o bien se les introducía en un habitáculo extraño, los bebés con madres de trapo enterraban sus caras en ellas y se relajaban. Sus semejantes con madres de alambre no hacían otra cosa que temblar aterrorizados en una esquina”.

 

El Dr. Christopher Liang, uno de los creadores de la primera guía de la Asociación Estadounidense de Psicología para asistir en la “Terapia Psicológica a Hombres y Niños” asegura que los Clubes de Apapachamiento pueden tener “grandes beneficios” para la salud de los hombres. Este tipo de entornos de relajación de la masculinidad oficial ayudan a los hombres que asisten a soportar el estrés de sus vidas, los traumas y a expresar una masculinidad que no se considera inherentemente “tóxica”. “Demasiadas veces se nos enseña que el estoicismo emocional es nuestra principal seña de hombría. Cuando uno muestra alguna debilidad emocional o su vulnerabilidad se le considera un fracaso como hombre” porque aunque se nos esté pidiendo que dejemos atrás la masculinidad tradicional esta sigue siendo el marco de referencia dentro del que somos juzgados.

 

Volver a aprender

Encontrar nuevas formas de lidiar con los traumas, mostrarse vulnerables y aprender el idioma del consentimiento no dejan de entrañar algún riesgo.

 

Significa que ni el hombre ni la mujer estamos solos, ni podemos hacerlo todo. Hacen falta dos personas para darse un buen abrazo, y poco importa el género. 

 

¡Gracias por tu lectura!

 

Artículo avalado por Héctor Corredor, Médico Cirujano especialista en Urología con Maestría en Sexología Clínica, Director médico internacional en Boston Medical Group.

 

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