Si analizamos la historia reciente de la medicina sexual, debemos reconocer que hay una evolución muy importante. Hasta el año 1998, en el que sale al mercado el revolucionario sildenafil (Viagra), no teníamos una opción que reuniera los parámetros de eficacia, seguridad, fácil manejo, costo accesible y buena aceptación por parte del paciente y de su pareja. Con el tiempo han aparecido en escena otras moléculas con algunas ventajas comparativas, en particular una ventana o tiempo de duración del efecto deseado bastante mayor.

Pero los pacientes esperan soluciones más ajustadas a su caso particular, y la ciencia siempre busca la superación, considerando que estos tratamientos orales no dan en algunos casos una solución definitiva al problema.

Particularmente cuando el tejido eréctil ha sido afectado por enfermedades agudas o crónicas, o por el mismo efecto del envejecimiento, las alternativas médicas existentes -si bien ayudan- no logran revertir esa situación. Las terapias con células madre o con ondas de choque de baja intensidad se están perfilando como buenas opciones, pero aún falta investigar al respecto. Las cirugías de pene con implantes de prótesis constituyen una buena solución para casos extremos, el nivel de satisfacción de los pacientes es elevado, pero resultan bastante costosas y además es el tratamiento más invasivo que existe.

En este contexto aparece en escena un procedimiento que, hasta el momento, tiene reconocimiento particularmente en el campo de la medicina estética: la toxina botulínica o botox. Se está estudiando su administración por vía intracavernosa (inyección en los cuerpos cavernosos del pene), la misma que se maneja desde hace varias décadas con otras drogas como la papaverina, prostaglandinas y fentolamina.

Precisamente un artículo publicado en el Journal of Sexual Medicine en el 2016, titulado Botox para Disfunción Eréctil, presenta un interesante avance sobre este tema.

La aplicación de la toxina botulínica podría tener un efecto de varios meses relajando los músculos lisos de los cuerpos cavernosos del pene, lo que posibilita que se ingurgiten (es decir que se llenen de sangre) para producir una erección rígida.

Existen aún pocos estudios sobre este tipo de tratamiento, la mayoría con animales, pero sus resultados son realmente prometedores. Seguramente en pocos años tendremos más evidencia al respecto, y así dispondremos de muchas más herramientas para poder ayudar a nuestros pacientes, con la posibilidad de tratamientos cada vez más adecuados a sus causas y circunstancias personales.


Redactado para Boston Medical Group por Ezequiel López Peralta.

Psicólogo. Máster en Sexología Clínica y Terapia de Parejas.

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